viernes, 1 de agosto de 2014

Noticias El Mundo

CINE Festival de Cannes

Maestros de lo imperfecto


  • Los Dardenne vuelven a ofrecer una obra maestra con la excusa de la crisis, mientras la japonesa Kawase regala unos cuantos instantes de cine pleno, milagroso, vivo





LUIS MARTÍNEZ / Cannes
El mismo año que los hermanos Lumière patentaron el cinematógrafo rodaron su primera película: 'La sortie des ouvriers des usines Lumière à Lyon Monplaisir' ('La salida de los obreros de la fábrica'). Corría el año 1895. Es decir, hace más de un siglo de convenios colectivos, ajustes de plantilla, reestructuraciones y, en efecto, despidos. Pues bien, lo que son las cosas, los hermanos Dardenneofrecen en su último trabajo lo que, con un poco de imaginación, se podría considerar un 'remake'; un 'remake' lúcido, dolido y hasta magistral, pero 'remake'.
Los hermanos belgas con ya dos palmas de oro en su haber ofrecen en 'Deux jours, une nuit' ('Dos días, una noche') el relato de una mujer que sale de la fábrica. La echan. Pero no del todo. El sistema se ha complicado tanto que da opciones muy diversas a la perversidad. Sus compañeros deben votar si renuncian a una bonificación de 1.000 euros y ella se queda. O no, y fuera. Toda la película no hace sino contar el periplo equinoccial de la protagonista (una soberbia Marion Cotillard) de puerta en puerta, de miseria en miseria. Y todo ello en dos días y un noche. La idea es, obviamente, sobrevivir, convencer a sus 'colegas' que la apoyen.

De nuevo, la cámara se maneja a escasos centímetros de la protagonista (segura ganadora del premio a la mejor actriz) para acertar a describir con precisión la angustia, el miedo, el orgullo humillado. Y así hasta hacer que a través de la transparente mirada de Cotillard se acierte a ver la tristeza gris de nosotros y de nuestros días.


Éste es el acercamiento más evidente a eso que el tiempo ha dado en llamar cine social

Pero, cuidado, sin moralismos (con moral, pero sin moralismos. Nótese el matiz). Si se quiere, ésta es la cinta de los Dardenne menos lírica, menos fábula, menos pendiente de sorprender al espectador en una esquina milagrosa de la cotidianidad. Queriendo, éste es el acercamiento más evidente a eso que el tiempo ha dado en llamar cine social. Pero sin exagerar. El pulso firme, limpio y sin melodrama de los realizadores se mantiene, en efecto, transparente y perfectamente atento a las aristas de una realidad algo más que imperfecta. Sencillamente injusta.

Los obreros de los Lumière salían tranquilos, no diremos felices. Unos reparaban en la cámara, otro no; unos andando, otros en bicicleta, pero todos con el gesto sosegado del que abandona el tiempo de trabajo para dedicarse a partir de ese momento al otro tiempo, al suyo. Como saben, eso del trabajo es sólo una cuestión de propiedad: quién es el propietario de los medios de producción y quién vende lo único que posee, su fuerza de trabajo; quién es, en definitiva, el dueño del tiempo. Marx, di algo.

Cotillard sale de la fábrica amenazada, temerosa de verse de repente con todo su tiempo indisponible, cancelado. Humillada. Ha cambiado el cine desde los Lumière, pero poco más. Qué gran Palma de Oro sino fuera porque los Dardenne están en contra de cualquier tipo de abuso.

A su lado, la sección oficial nos regaló un pequeño (o muy grande, según la fe de cada uno en el asunto) milagro de la directora japonesaNaomi Kawase. Sus dos últimos trabajos habían resultado, cuanto menos, desconcertantes entre el solipsismo y el cansancio que acostumbra a dejar sin aliento a los autores demasiado pronto reconocidos por la crítica.


La directora Naomi Kawase.REUTERS

'Still the water', así se llama la película, recrea la experiencia iniciática de dos adolescentes (hablamos de sexo, amor y cuerpos que tiemblan) entre las constantes de un cine sensitivo, sensorial, quizá poético. La naturaleza, los ciclos de la vida, el peso de la tradición y, por supuesto, la muerte; todo ello se cuela en cada uno de los fotogramas que literalmente, como los cuerpos, se estremecen. A un lado la irregularidad de una propuesta por definición sujeta a las inclemencias del tiempo (la lluvia, el viento y el mar agitado salpican el patio de butacas), la cinta dispone de unos cuantos instantes irrepetibles. Memorables tal vez. Decía Erice que daba por buena 'El espíritu de la colmena' ante la cara de asombro de la niña Ana Torrent durante la proyección de Frankenstein. Eso no puede figurar en guión ninguno.

La escena de la muerte de la madre, el pasaje de intimidad familiar en el regazo de un árbol inmenso o la conversación sorprendida de los adolescentes (y ya sentimos tanto lirismo de pandereta) justifican no una película, sino un festival entero. Pese a la imperfección o precisamente por ella. Y en este punto coinciden tanto los Dardenne como Kawase; los dos (o los tres) asumen el riesgo de renunciar a un cine perfecto para tocar lo sublime. Yo me entiendo.

Por último, y a la espera del debut en la dirección del actor Ryan Gosling (se verá en un momento), el día concluyó con el último trabajo de Zhang Yimou, 'Coming home'. De principio a fin, la cinta, que quiere ser metáfora de la memoria colectiva, se antoja irreprochable. Hasta perfecta. Lo que no siempre es bueno.

Un prisionero en tiempos de la Revolución Cultural china regresa a casa. La amarga sorpresa es que su mujer, enferma de amnesia o algo peor, no le reconoce. Toda la cinta pelea por hacer luz en el olvido, en recuperar el primer instante de reconocimiento sepultado entre tanta barbarie. Es decir, es China, pero parece, por ejemplo, España. Qué cosas.


Si han tenido paciencia de llegar hasta aquí, les diré a modo de moraleja que la perfección a veces es la forma más evidente de evitar cualquier amago de emoción. Y aquí lo dejo. Es hora de volver al trabajo. Sí, al mismo del principio, el mismo de siempre.